
La carrera empezó en febrero. Viajando en la madrugada, muertos
de frío y con más ojeras que cara se tuvo que viajar
a Latacunga primero y luego a las localidades.

¡A las comunidades primero!, nos dijeron. A las comunidades
pues. Al sector de Yahuartoa que no quedaba a menos de una hora
en auto desde Latacunga.
Con algo de suerte el camino al colegio no estaba
bloqueado. Pero si la lluvia se nos adelantaba, eran 30 minutos
a pie desde la carretera hasta el lugar del taller.
Bueno, eso si no “cortábamos camino”,
que a mi siempre me pareció más largo. Entonces había
que subir por el bosque, bajar hasta el río…y fregados,
saltar el río. No es que haya sido “el río”,
de hecho no tenía más de un metro de ancho, pero igual
daba miedo caerse.
El trabajo en la ciudad era más fácil,
media hora en bus y ¡a los colegios!. Teníamos que
entrar a las 9 siempre, pero siempre llegábamos 9:30. No
por nuestra culpa eso si, es solo que nunca faltaban contratiempos
que nos demoraban.

Cincuenta chicos y chicas por localidad. Unos a teatro, otros a
títeres, otros a radio. El trabajo empezaba. El Edy empezaba
por sentarles en el piso y ¡dale a la memoria emotiva!, algunos
chic@s lloraban, otros se reían, pero cumplían el
cometido, explorar su sensibilidad y su cuerpo.
El Walter era otra nota, ¡todos los chic@s con las manos arriba!
y dale a mover la muñeca, era buen ejercicio para que pudieran
manejar los títeres. Además, había que enseñarles
a reír, a moverse, a transferir sus energías al títere,
nada fácil para el pobre Walter.

En radio los talleres empezaban con una buena sermoneada. ¡Olvidaranse
de la radio comercial!, ¡la radio no es solo para poner música!...y
después a la gritadera, para que los chic@s suelten las voces
y descubran la fuerza del lenguaje.
Entre trabajos de iniciación, de aproximación
a las áreas se fueron un par de talleres. Luego empezó
la parte fuerte, la creación de los productos.
No es que sea imposible, pero lograr cuatro obras de teatro, cuatro
de títeres y cuatro programas de radio en cinco talleres
le hace perder el cabello a cualquiera, mucho más si se considera
que ninguno de los chicos y chicas participantes, tanto del área
indígena como la urbana tenían conocimientos previos
sobre los temas.

Hubieron varias ocasiones en que las piernas nos temblaron. Ningún
actor, actriz, titiriter@, locutor o locutora se ha formado en 20
horas. A veces los chic@s no asistían, tenían que
trabajar, no sabían el lugar, se despechaban y ni modo…no
había manera de tener un trabajo constante.
Al final del proceso obviamente no llegaron todos los que empezaron.
Pero llegaron los que eran, los realmente esforzados y con ellos
¡manos a la obra!, a construir las obras y los programas.
Ideas propias, leyendas, cuentos, sueños, reclamos, miedos,
fiestas, política, sociedad, cultura, un poco de todo apareció
al momento de proponer temáticas. Entre todos se encogían
a las mejores y se las trabajaron.
Los pequeñitos a armar los títeres, a pintar ojos,
bocas, a pegar el pelo, a ponerle un nombre al muñeco y darle
convertirlo en un personaje.

Los de teatro a asumir el personaje, a darle un cuerpo y un alma,
a moverse como lo haría el personaje, a pensar como él
lo haría, a sentir como el lo haría.